La vida como teatro | Salta Entre Líneas
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La vida como teatro

La vida como teatro

 

Sofía Waisbord nació en Salta, pero desarrolló su carrera como actriz desde Córdoba. En una vida intensa, fue corredora de bicicletas, basquetbolista, amiga de las divas cordobesas y sigue ejerciendo con sus nueve décadas a cuestas. Y tiene otros planes para cuando sea grande.

Sofía tiene en su casa una gigantografía en la que está tocando una batería. “Por ahí, cuando sea vieja se me da por el tiqui-tiqui”, dice.

La casa de Sofía tiene el magnetismo del hogar de cualquier abuela. Uno se querría quedar allí por horas y horas, preguntando por el origen de cada objeto, la procedencia de cada sombrero y el motivo de cada premio.

Como siempre fue muy buena en eso de contar cuentos, Sofía Waisbord se presta sin rodeos a narrar las historias ocultas detrás de cada fotografía. Hay una, en particular, que se gana de entrada la atención de las visitas. Se trata de una gigantografía de la actriz con el pelo canoso y anteojos negros, dándole frenéticamente a una batería.

El epígrafe contado de esa foto, tomada por su nieta Florencia, es tan vital como gracioso: “Acompañé a mi hija Mimi a una casa de instrumentos y cuando vi eso, me subí.No me podían sacar de ahí. Estaba pa-pa-tun-tun-pa-pa. Me salían las cosas, tanto así que me dijeron ‘mirá, cuando sepamos que hay alguna batería vieja que se venda, te la vamos a comprar’.

“Pero les dije que no porque no me quiero llevar mal con los vecinos. Quedó en la nada. Por ahí, cuando sea vieja se me da por el tiqui-tiqui… ¿Vos nunca has estado con una de esas? Es bárbaro, bárbaro”.

Sucede que Sofía nació “como una bala” y se propuso vivir de igual manera: polvorita, con atrevimiento y sin detenerse ante las sugerencias ajenas.

“Resulta que un día 31 de diciembre mi madre empezó con dolores, iba a nacer yo. Entonces la partera dice ‘bueno, esto ya no es trabajo mío’, porque ella había perdido la fuerza, allí vino un médico y dice que había que darle una bebida fuerte, pero en casa ese día no había, somos de la colectividad judía. Como era 31 estaba todo cerrado, en esa época todos festejaban con su familia. No sé cómo consiguieron champagne, se lo tomó y yo salí el primero como bala. Por eso todos me cargan, dicen que desde ahí me gusta el champagne. Nací haciendo teatro”, contó Sofía.

A los pocos años, Sofi era una mini actriz que hacía funciones en su living y giras por las escuelas salteñas. “Bailaba charleston, tenía una valijita que mi mamá me había preparado con todas las cosas. Ahí guardaba una pollerita tableada colorada y una blusita blanca para el charleston y otro vestuario de criolla. Siempre venían de otros colegios a buscarme cuando había algún festejo porque sabían que contaban conmigo. La perdí a esa valija, andando, yendo. En mi familia eran muy severos,  pero me apoyaban, armaba un escenario con colchas y telas, invitaba a la gente a mi casa y no me decían nada. Yo era un payaso. A mí lo que me gustaba era hacer reír, que la gente se divierta”, recuerda Waisbord sacando a relucir las primeras chispitas de una trayectoria pirotécnica.

Cañita voladora

 En Salta, Sofía se hizo fama de pionera, participó en la primera carrera femenina de bicicletas y cuenta que Rogelio Saavedra, el corredor más famoso del mundo en aquella época, le cedió su tesoro de dos ruedas: “Vino porque corría una carrera de hombres el mismo día. Él me prestó la bicicleta, por eso perdí. Era fija y yo no estaba acostumbrada, entonces me largué, me largué, me largué. No me paraba nadie, las otras iban abandonando. ‘No se apure, no se apure, hay tiempo’, me gritaban. Cuando estaba llegando quise frenar un poco porque se me iba a destruir la bici y cuando paro la que venía atrás me pasó. Salí segunda. Fue tan hermoso eso”, relata Sofía, apurando el pulso y el aire como el día de aquella carrera.

Además de levantar polvareda a las pedaleadas, Waisbord andaba a caballo como jinete y fue jugadora del equipo de básquet que se hizo puntero en el cambio de vestimenta. “En ese tiempo se jugaba de polleras. Nosotras hemos sido las primeras que nos hemos puesto el short. Siempre se turnaba algún hermano para acompañarme porque me decían cada cosa los groseros que iban a ver los partidos”, cuenta con orgullo de precursora.

En la ciudad conocida como la linda y la conservadora, Sofía siguió el destino de la mayoría de las transgresoras. Habiendo hecho lo suyo enfiló derecho hacia un nuevo rumbo. Se casó y fue a parar a Buenos Aires, capital de las actrices que se empolvaban la nariz y espolvoreaban shibré sobre los ojos mientras soñaban con grandes escenarios y vivir de y para el teatro.

“Lo primero que hice fue anotarme al conservatorio López Buchardo. Había que hacer un concurso y todos los parientes de mi esposo decían que yo no iba a entrar porque hablaba muy salteña, no pronunciaba las eses ni las erres. ‘No me importa’, les dije. Hice la audición y quedé”, relata Waisbord.

A los dos años la actriz dejaría la institución para dejarse comer, consciente y decididamente, por su personaje de madre. La alergia de una de sus hijas llevó al matrimonio por Tucumán, Mendoza y Santiago del Estero, para instalarlos, finalmente, en el saludable clima de Córdoba.

Aquí, la colega Nora Serrador hizo reencontrar a Sofía con la actriz que había quedado extraviada entre las maletas y las mudanzas.

Bajo su dirección y enseñanza volvió a hacer teatro y a llenarse de amigos y hermanos del escenario.

En la ebullición de su temperamento y su relato,  Waisbord rememora peleas en tacos, batallas de divas cuyos nombres prefiere dejar off the record.

Su monólogo transporta a un tiempo dorado, durante el cual la actriz Jolie Libois la pasaba a buscar en un coche y le pedía desde el volante: ‘No, no. No empieces con los versos, haceme reír, contame cuentos’. Pero también a un tiempo en blanco y negro en el que muchas colegas firmaban implícitamente un contrato matrimonial que incluía una absurda cláusula fundamental: “Si querés ser mi esposa, no podés actuar nunca más”.

Teatro o muerte

Sofía jamás hubiese aceptado una condición semejante. Su único contrato vitalicio lo firmó sobre las tablas del escenario, al que subió por última vez hace algunos años para interpretar a la madre de Bodas de Sangre, con la experiencia en clásicos que le propició su corta pero fructífera estadía en la Comedia Cordobesa.

Ingresó como un reemplazo urgente de Azucena Carmona. “A ella se le enfermó el chiquito y no podía viajar a hacer una obra, entonces buscan a quien seguía por orden en el concurso que habíamos hecho un tiempo antes y estaba Gloria Luján, pero renunció, después seguía yo.

Fuimos preparando la obra en el ómnibus, aprendí la letra en el viaje”, cuenta Waisbord. Y añade al relato de anécdotas ruteras: “Con (Mario) Mezzacapo salíamos los fines de semana por los pueblos, sin planear, conseguíamos un lugar, poníamos en la puerta un cartel y llenábamos, nos iba muy bien”.

Con esa determinación, Sofía llegó hasta Costa Rica y a la Rusia del pos Perestroika, para participar de un festival dedicado a Chéjov. “El gobierno de acá no nos dio ni un peso, allá nos atendieron como reyes. Nos han dejado quedar como 20 días y hasta terminaron pagando el sobrepeso de las valijas”.

A punto de volver al escenario con un espectáculo de recitado de poesías, Sofía dice que ha tenido una vida linda y que cuando sea más grande va a hacer un unipersonal para contarla.

Agrega que, hoy, gracias a que la Presidenta les da un dinero a muchos chicos pobres para que por lo menos puedan comer, ella puede dormir un poco más tranquila y levantarse al otro día a cuidar de sus plantitas y a organizar almuerzos amigueros y descontracturados, como si fuese el revés punk de Mirtha Legrand.

“Estoy muy satisfecha con la vida que hice, a pesar de que me pasaron muchas cosas terribles. Dios me quitó, pero me dejó cuatro hijos, 11 nietos y siete bisnietos, uno más bueno que otro, casi todos artistas. Estoy contenta de que hayan salido del comercio, porque la vida del artista es una vida distinta a la del común de la gente ¿no? Más humana, no tan pegada al dinero, la riqueza está en sentirse satisfecho si le sale bien algo que hizo.          Hace poco fui al médico a hacerme un chequeo y cuando me estaba yendo me pregunta a qué me dedico. Le cuento que al teatro y me dice: ‘Yo siempre digo que a la humanidad la va a terminar salvando el arte’. Puede ser que tenga razón.        El teatro para mí es la vida, cuando estoy en la vida real me parece que estoy actuando y cuando estoy actuando me parece que estoy viviendo”, dice en el borde de la mesa donde espera las visitas y repasa la letra.

Y cierra la idea con un “Me confundo”, ilustrando en simultáneo, con su rostro de actriz, esa confusión sana de los que la tienen más clara que el agua.

Perfil

 Sofía Waisbord nació en Salta el 1º de enero de 1921, tiene 93 años, después de vivir en Buenos Aires, Tucumán, Mendoza, se radicó en Córdoba en la década de 1950 y desarrolló una intensa actividad teatral como miembro de los grupos Pequeño Teatro Córdoba, La Comedia Cordobesa, Teatro el Juglar, Teatro Goethe y el grupo Tío Vania.

Recibió importantes reconocimientos por su trabajo, entre ellos el Premio Blanca Podestá, entregado en el Senado Nacional.

Para verla

 Sofía dará un recital de poesía criolla y española el domingo 31 de agosto en la sala Luis de Tejeda (Teatro del Libertador). La cita será a las 18.30, con entrada a $ 50.

 

Fuente: http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/la-vida-como-teatro