Dos historias de insania mental | Salta Entre Líneas
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Dos historias de insania mental

Dos historias de insania mental

pablo daniel

 

Por Pablo Daniel Argañarás Licenciado  en Psicología

 

Dos relatos  que alertan sobre  cuán destructiva  puede ser “La Salud Mental” con algunos  indefensos.

El niño más fuerte del mundo

La madre del Niño Mas Fuerte del Mundo no desespera a pesar de que el mundo le exige indignado que lo haga. Ella sabe con serenidad que su niño es el más fuerte del mundo.

El Director del Ciclo Básico Común  al que asiste El Niño  Mas Fuerte del Mundo (de aquí en mas NMFM), le ha pedido una consulta con  un neurólogo y luego un psicólogo en caso de  no tener una maldita enfermedad neurológica, pues algo hay que encontrarle ya que la permanencia del NMFM  en el aula se vuelve imposible. ¿Es acaso NMFM un portador del famoso y promocionado “virus” TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperquinesia) y necesita un anti-virus como lo necesita un niño o una computadora, o también un niño -computadora a caso?

Todo lo contario. Lo que no soportan del NMFM es que no contesta a tiempo. Mira fijo y parece que va a decir, pero no dice .Tampoco registra ni el enojo, ni la incomodidad, ni a esta altura, la furia de sus interrogadores. No registra, pero parece que si. Un casi lo dice, casi lo hace, ese casi que nunca llega y se vuelve  insoportable  y del que parece liberarse  en cualquier momento… pero no lo hace. El mundo parece suspenderse en su pausa. Toda la expectativa del universo  parece latir en ese instante que no llega y frustra a doctores, pedagogos, maestros; pero también  a almaceneros apurados de su barrio  y bullineadores desconcertados a la salida del colegio. Los tiempos que corren no admiten gente fuera de los casilleros, ni demasiados números  decimales. Y menos cuando de la Santa Alianza de los dos guardapolvos se trata.

El NMFM responde  instrucciones complejas. Interactua con soltura pero solo  con dos compañeros de clase, con el resto calla o se vuelve monosilábico incluyendo a la totalidad de sus docentes, directivos y profesionales escolares. Las pruebas sicométricas  manifiestan un nivel cognitivo  aceptable pero la observación clínica se rinde ante sus oscilantes conductas ¿De haber un retraso intelectual seria  la  manifestación  de una estructura sicótica que aun no desencadena en enfermedad?  Mantenerlo en una escuela “para normales” ¿Seria arriesgar a que las presiones y agresiones terminen desencadenando esa temida  sicosis?

Su agente sanitario y los trabajadores sociales nos cuentan que su familia no cruza palabra con nadie, que los hermanos viven puertas adentro de casa, que hay un padre que trabaja todo el día y una madre que asiste  al culto  evangélico. Una familia  casi como la de todos. Entonces la ciencia se excusa en el prejuicio, los rumores reemplazan la empírea. Incesto, satanismo, crímenes inconfesos que se silencian invaden el imaginario escolar, sanitario y finalmente el más brutal de todos: El Judicial.

La mirada se traslada entonces a la madre, quien responde con un pavoroso sentido común: “No sé porque hace eso (el NMFM) ¿No son Uds. los que deberían  saberlo?  “La impotencia de los sabios está llegando al límite de la violencia (Es una obviedad decirlo: nada mas pacifico que el NMFM)

El NMFM resiste a todo discurso  normalizador como un coloso impertérrito. No es desafiante ante la autoridad, no altera la gobernabilidad. Colabora con un brutal sentido común ante cada requisitoria médico-psicológica. Tal vez su resistencia sea alguna  forma de heroísmo anónimo.

El niño mudo a veces, tonto a veces, sicótico de a ratos, sospechoso siempre, no es un problema para su madre. Tampoco le inspira compasión por los tortuosos peritajes por los que transita. No encontramos rastros de orgullo o de que use a  su hijo como un instrumento de su propia agresión hacia el mundo. Ni siquiera de serenidad podemos hablar. Es  una  naturalidad incompresible con la que transita, casi como sabiendo de que se trata, casi como comprendiendo el alboroto de funcionarios y científicos y disimulando su comprensión para no empeorar las cosas.

El Niño Mas Fuerte de Mundo  a la espera de un veredicto que tranquilice al Mundo. Ya no es un sujeto, si es que alguna vez lo fue. Es un objeto de estudio, de control, de ira, de miedo, de morbo y de precaución. Los discursos médicos, legales, psicológicos, escolares se entrelazan  en la mas irracional de las inter-disciplinas. Y el calla para hacer hablar a todos y cuando habla, logra que todos se callen  esperando que pronuncie  esa  palabra que confirme  diagnósticos y avale sentencias.

Mientras tanto  el  mundo desespera.

 

Yo no se si el Paraná resistirá mi indiferencia

El Paraná no es solamente un río. Si uno bien se fija casi nada en la vida  es solo un río… y mucho menos un rio. Entornan a estos cursos hídricos  desde mitos fundacionales de  civilizaciones hasta  costaneras  promiscuas de profilácticos amanecidos que hacen las veces de esas zonas sórdidas y prohibidas del  alma de una ciudad. Y así, por ellos veremos pasar desde metáforas de  dulzuras y lavanderas alegres, hasta brutalidades como  ahogos desesperantes de niños y otras muertes de las peores.

Pero Amílcar no tiene sentido de la metáfora. Cuenta una y otra vez la misma historia, interrumpida solo por  silencios profundos en los cuales  la mirada parece descolgársele lentamente del rostro de su interlocutor, como si lo hubiesen  apuñalado de pronto y su muerte se fuese produciendo con el dramatismo de la cámara lenta. Su cabeza  baja muy lentamente hasta que toca  su mentón con su pecho  y mientras desciende  una mueca  imposible de definir si de horror, si de dolor o en que proporciones ambas cosas apuñala también la sensibilidad de su  interlocutor.

El fue parte de una Sala de Enfermos Psiquiátricos Crónicos durante años. Su historia clínica era reiterativa ya que justamente  siempre repetía la misma historia, mientras  los pasantes y practicantes la registraban como nueva  y la incorporaban. Era casi un artículo de la burocracia hospitalaria  a la vez que un objeto pedagógico para principiantes.

Amílcar era Entrerriano y solía mencionar al Paraná en su historia recurrente. Básicamente el miraba el río en silencio y adivinaba la hora y los minutos según el color del paisaje, la estación del año y la posición del sol. Luego sacaba un reloj de sus bolsillos y verificaba la precisión de su adivinación. Solía acertar y cuando no…  aparecía aquella mueca indefinible e insondable en la que parecía desmoronarse su modesto cosmos. Pero aquello era solo un momento, luego resurgía restableciendo sus coordenadas de tiempo y espacio, después infaltablemente  relataba su experiencia y así  se relanzaba ese círculo de ahogo y alivio una y otra vez.

Hasta que un día un innovador y flamante Director del Hospital decidió que las rutinas no eran buenas para nadie, que las estabilidades iban en contra del más elemental progresismo y atacó “terapéuticamente” la rutina y la estabilidad de Amílcar buscando arrancar  el daño que la perversa  institución había producido en el. Arranco algo más. Arranco sus modestas coordenadas y Amílcar quedo perplejo,  meciéndose sentado sin jamás volver relatar su historia de adivinador del tiempo.

En  nombre del humanismo  a Amílcar se le quitó su último bastión de humanidad: su gesto horrible y la posibilidad de rescatarse de él con un reloj que ya no existía, frente a un río que en este caso más que en ninguno otro, era mucho más que un río.